lunes, julio 06, 2009
jueves, julio 02, 2009
Funcionar
Así, cada vez que pongo segunda, me acuerdo de lo que teóricamente debería funcionar pero jamás lo hace o, si funciona, ocurre aleatoriamente y siempre en perjuicio propio. Precisamente, un claro ejemplo de tal disfunción es la reproducción random, shuffle o aleatoria de emepetreses, cedeses y similares aparatejos. ¿Quién inventó semejante mentira? ¿Hay alguien aún riéndose desde el otro lado de la patente? Si lo tuviera delante no dudéis que le arrojaría el guante a la cara en claro reto atávico. Cargo quinientas canciones. Activo reproducción aleatoria. Sorpresa. La misma canción cuatro veces en un intervalo de veinte minutos. Nos quieren volver locos. ¿Quiénes? Ellos.

Sólo reproduce en modo shuffle, para morirse
Otro ejemplo de disfunción es la cadena del váter. Me siento en la taza –curiosa analogía ¿alguien ha bebido en una taza de tamaño igual o superior a un váter? O ¿alguien ha defecado en una taza de café?- y excreto mis deposiciones –finamente, que cago, vamos- y cuando llega el momento del diluvio universal para las heces, el botón llega hasta el fondo emitiendo un click de intensidad menor al sonido del cambio de marchas pero con un deje similar, como diciendo “¿Es a mí?”. Otra vez la rebeldía. Entonces -jamás hagan esto en casa- abro la parte superior de la cisterna. En mala hora. Aún lloro al recordar semejante dispositivo de ejes, contrapesos, tuercas y demás objetos irreconocibles.

Da Vinci, cabrón
El mundo se te cae encima, quedáis advertidos. No existe mecanismo similar en el mundo de tal complejidad. Yo diría que si no es obra de Leonardo Da Vinci y sus intrincados dibujitos marronáceos, ha de ser un diseño inteligente del espacio exterior. Es el momento de sacar a la luz mis conocimientos avanzados de fontanería: mirar por encima, tirar y/o empujar el primer objeto que aparente solidez y, finalmente, dar un par de golpes en el lateral de la cisterna alternándolo con un ts ts ts de desaprobación.
Por último, el maligno nos envía señales a través de las copias de las llaves. ¿Alguna ha funcionado a la primera? Se conoce algún caso, pero no se ha podido comprobar jamás, sólo eran rumores. Entrar en la cerradura, entran, pero a la hora de girar… nada de nada. Bueno, nada, no, un sibilino click click émulo de las quejas anteriores, como diciendo “No abro. Que no, que no abro”. He llegado a creer que es una conspiración de las ferreterías, sin embargo, tal teoría se viene abajo ya que, al llevar a repasar las llaves, no te cobran nada. ¿Cuál es el sentido entonces? ¿Hacernos perder tiempo? ¿Provocar nuestra ira para crear un sentir general de odio y resquemor hacia las cerraduras en general?
Aparcar, llegar a casa, poner música e ir al baño es un suplicio. Optaré por ejercer de peatón, vivir debajo de un puente, obviaré el emepetrés y lo de la retención intestinal ya veremos, que el campo es muy grande.
jueves, mayo 14, 2009
21 minutos siendo una mujer
Observo mi silueta en el espejo y me sorprende el nuevo cuerpo ideal que acabo de crear. Hay ángulos rectos en lugar de curvas, aparecen extremidades en lugares insospechados y mis medidas son de escándalo, 340 – 20 – 130 – 250. Sí, el último dígito corresponde a los tobillos, una ligera hinchazón producto de acumular huesos, tendones y demás tejido sobrante en las extremidades inferiores por si acaso. Mis nuevos supersenos están formados por siete bolsas de magdalenas la Bella Easo. La cintura, émula de avispa, está conformada por un vaso batidor y varias almohadas intradérmicas me equiparan al jamonismo jovial de Beyoncé, claro exponente de la famosa teoría "Las negras en los videoclips. Origen y desarrollo y su influencia en la posmodernidad adolescente".
Mi primera acción como mujer, luego de una prolongada e interesante autoexploración, es construir una máquina del tiempo con un manojo de perejil, varias latas de la extinta Kas Manzana y un reloj de cuco. Omito deliberadamente un componente para evitar posibles plagios. Y os preguntaréis el porqué de este viaje por el continuo espacio-tiempo. Pues porque las mujeres somos personas con iniciativa y, antes de enfundarme en una nueva vida femenina, creo oportuno conocer los vericuetos de la trayectoria histórica de este género. Primera parada: la prehistoria.
Otro tipo de prehistoria Rápidamente acciono el panel de control y me teletransporto hasta el siglo XVII. Allí, soy repudiada e incluso vilipendiada por la calle por carecer de grasa en exceso. Donde yo veo piel de naranja y morbidez, los contemporáneos de aquella época se funden en hogueras de lujuria. Curiosamente, los hombres también utilizan maquillaje y no poco. El corsé me aprieta tanto las estupendas tetas que huyo despavorida sin darme cuenta hacia qué fecha.
Aparezco en el año 34505. Las mujeres somos fuertes y tenemos nuez. Los hombres tienen la regla. Bueno, los dos que quedan. Un ataque de fertilidad femenina los convirtió en objeto de búsqueda, captura y fornicio. Unos murieron de ansiedad, otros por una pandemia de sífilis muy virulenta y, los más afortunados, de extenuación. Existe un Ministerio de Bolsos y Zapatos y se oye un murmullo constante, como si siempre hubiera miles de personas hablando. Definitivamente, ni cambios de sexo ni viajes temporales. Admito mi derrota y señalo la fecha de hoy en mi máquina del tiempo. Sólo han pasado 21 minutos desde el primer viaje.
Al volver al 2009, sabedor de mi talante escurridizo y poco combativo, decido regresar a mi figura original: el Onvre Joan -OJ si queréis- el yo único. Lleno de cicatrices y restos de carmín, pero yo, al fin y al cabo. Procedo a hacer acopio de anestesia Green Garden para desfacer el trueque de sexo, pero al verme otra vez en el espejo me doy cuenta que mis implantes farináceos con forma de seno han sido consumidos por hordas de gusanos y el moho campa en derredor. Sin pechos, recoloco los tejidos sitos en los tobillos y sólo ansío encontrar mi anterior sexo para reponer del todo mi género original. Cuando me lo extirpé, le di un uso de planta decorativa de interior. El problema es que el Green Garden aún me afecta la capacidad cognitiva y me reimplanto un aloe vera. Bien mirado, el cambio no es tan malo.
Ahora sólo espero vivir en paz y desaparecer en mi lúgubre morada. Que no es lúgubre, tengo sol por doquier, pero bueno, así añado un poco de énfasis al colofón. Mi única y postrera reflexión es que después de tantos cambios creo que ya sé cuál será el siguiente paso.
miércoles, mayo 06, 2009
miércoles, abril 22, 2009
Prodigios evolutivos
Fruto del paro y de mi natural vagancia, el tedio me infectó y me vació entero. Llegué a estar tan limitado que no podía efectuar dos tareas al mismo tiempo. Si me picaba algo, al intentar rascarme, dejaba de pensar y, por ende, olvidaba hacia donde dirigía mi uña afilada. Luego, volvía a la tarea anterior, o sea, el reposo, y me volvía a picar (sí, eran los huevos, para qué negarlo). Y así hasta el infinito.
Involucioné hacia un estado que he decidido llamar “Anacoretismo Extremo en Entorno Urbano con Ramalazos Animalizantes” – de ahora en adelante AEEURA© o aeeurismo©-, que, por cierto, lo he plasmado en un breve ensayo de quince tomos que pronto saldrá publicado en revistas científicas sin parangón y sin tirada, muy a mi pesar.
La cuestión es que la condición humana es frágil y yo lo viví en mis carnes. De hecho, me propuse ser mi propia rata de laboratorio, ser un autoexperimento. Lo primero de todo fue adoptar un nuevo eje, la horizontalidad. ¿Para qué desplazarse de pie? Uno, al caminar, se cansa. Entonces reduje al mínimo los desplazamientos, ubicando mi centro de mando en el sofá o, en su defecto, en el suelo. En esas dos superficies he pasado largas horas investigando asuntos avanzados a nuestro tiempo, desarrollando teorías revolucionarias durante siestas prolongadas y alimentándome de forma voraz.
En realidad, al llegar a un estado avanzado de AEEURA© un servidor acumulaba víveres en el sofà, refugio espiritual y nave nodriza, y los engullía sin elaborar, incluso sin tocarlos, retozando libremente mientras abría la boca para ver qué caía en la oquedad hambrienta. Un insistente Ferrán Adriá llama cada día a mi puerta para copiar este retozante sistema alimenticio. Lógicamente, no le abro, pero le paso tranchetes por debajo la puerta, a ver si se asusta y se larga.
Algunos podrían considerar que estas muestras de comportamiento me convierten en un ser primitivo. Sin embargo, el aeeurismo© no me hizo olvidarme del buen decoro y efectuaba mis deposiciones detrás del televisor sin que nadie pudiera notar nada. Lo mejor era que al perder toda masa muscular debido a la inactividad, me desplazaba sobre mi baba a modo de caracol. Os lo aconsejo. Es algo lento, pero disfrutas más del viaje.
El lenguaje verbal también sufrió ciertos cambios sutiles. Pasé a prescindir de las vocales para expresarme sólo con consonantes fricativas. Ideé todo un complejo sistema de entonación y longitud de la pronunciación que nadie llegó a entender pero que, a mi modo de ver, merecería varios Nobel. Mandé el siguiente e-mail a la RAE:
Sssssssss, b-b-b, PPP, SSbb-s’b.
Hete aquí un silogismo de lo más profundo, con una pureza sintáctica que haría resucitar a Lázaro Carreter. Pues aún espero respuesta de los letrados viejunos.
Vi que muchos amigos, la familia y turistas que pasaban por allí me llamaban embrutecido, comentaban que me había abandonado, que si australopitecus y no sé qué. Y yo no comentaba nada de ellos, así soy de educado. Entonces repté sobre mi baba y me acerqué a dialogar con uno de los seres inferiores que oteaban mi estadio superior. A través de un intenso debate y una somanta de palos que procedieron a suministrarme varios familiares y allegados, comprendí que me había convertido en el nuevo Galileo de mi era. Asustado por la posibilidad de la reintroducción de la hoguera en plaza pública, accedí a volver a ser un simple humano a sabiendas que Darwin estaría tirándose de los pelos en su tumba.
Y para salir de este estado catatónico de inercia hacia la nada más absoluta acudí al remedio más eficaz que conozco: la cirugía casera. Si anteriormente las palancas de la muerte me habían proporcionado la escalera precisa para medrar hasta la deidad, ¿cuál sería el límite de mi ambición operatoria? ¿Cuántos Nobel –premios, no cartones- merecería tener en la estantería? ¿Por qué ningún hospital lleva mi nombre con orgullo? Así, lleno de humildad, procedí a rajar mi dermis con varias cucharillas de café esterilizadas y, con una precisión milimétrica, implanté, quité, puse, serré, tricoté y heñí durante horas hasta que di con el resultado adecuado: el cambio de sexo. Y diréis, ¿una mujer no puede ser atacada por la inactividad? Y yo os responderé: ahora ya me he operado, hijos de puta.
sábado, febrero 14, 2009
A un hombre de una gran apatía
érase una ociosidad superlativa,
érase una persona con apatía,
érase un haragán bien acostumbrado
Era un reloj de sol mal encarado,
érase un gandul boca arriba,
érase el maestro del “no escriba”,
un blog inacabado.
Érase la indolencia como bandera,
érase el rey vago de España,
las doce tribus de vagos era;
Érase un vaguísimo infinito,
muchísimo más, vago tan fiero,
el vago de la peor calaña.
Autodedicado
jueves, diciembre 11, 2008
La carne
Sin embargo, ese aislamiento tenía una excepción. Su único e íntimo amigo, Unívoco Ros – Uni, para Ricardo- que hacía oídos sordos a toda palabra agreste pronunciada por Ricardo. Y es que no le quedaba más remedio. Uni era un pobre hombre sin amistades conocidas, virgen y fotosensible. En pleno agosto se veía obligado a cubrirse con múltiples telas para no mudar la piel como una serpiente. Eso le salvaba la vida, pero acrecentaba su ya de por sí alta probabilidad de continuar célibe.
A cada impertinencia de Alabastro, Ros bajaba la cabeza, dócil. Era su única manera de conservar alguien con quien caminar al lado. Así, se complementaban a la perfección: Alabastro era un sociópata empedernido y Ros un pusilánime, comparsa y obligado adulador.
Todo cambió, no sólo entre ellos sino en todo el pueblo, cuando apareció Verónica Asaz, la nueva dependienta de la carnicería “Comestibles Asaz”. Verónica era la hija de Costilleja Fango y Leopoldo Asaz, los anteriores dueños del establecimiento. Él había muerto recientemente empitonado por un toro embolado en las fiestas del pueblo. Atila, como le llamaban en la comarca, de natural valiente, en mala hora quiso encenderse un puro con el asta ardiente del animal. La cornada fue tan profunda que se tuvo que celebrar el sepelio en la plaza aún en fiestas y con banderilleros colocando ágilmente las coronas al lado del finado que mostraba una estampa a medio chamuscar, a medio fumar y a medio rigor mortis. Su mujer, Costilleja, desapareció entre los muros de un convento de monjas cultivadoras de opio. Cerraron la carnicería y Verónica heredó el establecimiento, dos acres de tierra estéril, siete gallinas, el género de su madre y el ímpetu de su padre.
Semanas después, al reabrir la tienda, el nulo atractivo de ir a comprar carne se trocó en circo romano al mostrarse Verónica con bata escotada y leotardos de lycra blancos, obviando la ropa interior y mostrando muslo, pechuga y descaro por igual. Ni qué decir tiene que la revolución hormonal masculina de la villa era evidente. La mezcla de sensualidad y sangre animal dotaba a la escena de una sordidez atroz aunque no le restaba un atractivo morbo, fatal para los hombres de aquel lugar.
La Carnes, como no tardaron los del pueblo a bautizarla, no daba pie con bola. Confundía el lomo con la culata, guardaba la grasa y tiraba la carne y trituraba el solomillo para hacer hamburguesas. Sin embargo, el cojasuturno no daba abasto y ella vendía todo el género. Precisamente, la clientela antaño compuesta por señoras mayores que acudían al encuentro de la desaparecida Costilleja para comprar carne, fumar en la trastienda y cotillear largo y tendido, se convirtió en un conjunto de mamelucos peludos de ojos saltones, libido en ristre y billetera rebosante que observaban babosos y boquiabiertos la escasa maña de la Carnes. Para ellos, su torpeza pasaba desapercibida, en cambio su exuberancia corporal, les hechizaba sin remedio.
Ricardo y Unívoco no eran una excepción y acudían al colmado a diario con todos sus ahorros y lo que podían sisar de las propinas del bar. Alabastro profería vítores, aplaudía y se subía al mostrador en un alarde de obscenidad, mientras que Ros la miraba de reojo, ruborizándose cada vez que avistaba el mareante escote desde una buena perspectiva. La Carnes no se daba por aludida, pero observaba cada uno de los movimientos de sus clientes. Los conocía a todos y se asistía con curiosidad al espectáculo opuesto de Ricardo y Uni.
Los dos se la querían beneficiar. Ellos dos y el pueblo entero. Como Uni a duras penas decía nada, Ricardo le obligó a formar parte de su plan. Un día la esperaron a la salida del trabajo. Había anochecido y sólo permanecían abiertas las luces de las farolas, los neones del puticlub y el fluorescente de la trastienda de “Comestibles Asaz”. Se acercaron a la puerta y, Uni, según lo acordado, se quedó de vigilante fuera. Alabastro la vio a través de varios costillares que colgaban de ganchos afiladísimos. Ella ya sabía que estaba ahí.
Uni esperó durante toda la noche y, al cabo de unas horas, preso del sueño, se marchó a su casa cabizbajo y enrabietado por ser un cobarde. A medio camino, se armó de valor, dio media vuelta y entró dando un golpe en la puerta, decidido a cambiar su sino defenestrando a Ricardo y conquistando a la Carnes.
Nunca más se supo nada de Ricardo Alabastro ni de Unívoco Ros. Durante dos días, “Comestibles Asaz” vendió los mejores solomillos, bistés y costillas de la comarca. Y la Carnes siguió trabajando en su carnicería, con su físico por delante y sus afilados cuchillos de acompañantes.







