23 de enero de 2011

Los fragmentos

El tic

Ni los ansiolíticos ni la programación televisiva nocturna le apaciguaban el tic nervioso que tenía desde los doce años: rascarse la ceja derecha con insistencia. El sangrado ya era habitual porqué la herida permanecía abierta constantemente y las manchas de sangre en el sofá formaban parte del estampado original.

La ceja en cuestión


El nombre

Cuando Simposio Fernincolate notó una presencia que le seguía se asustó. Caminaba por un callejón estrecho, mal iluminado y con charcos distribuidos aleatoriamente. Parecía una película de miedo y, en cierto modo, era lo que estaba sintiendo Simposio, un miedo atroz. Se paró antes de una esquina especialmente inquietante y dudó. Al doblarla no sabía qué se encontraría y eso le angustió aún más. Permaneció al acecho, incluso hizo un conato de asomar la cabeza. Los Guardianes de los Nombres le darían caza tarde o temprano. Simposio ya sabía que no tenía escapatoria. Cansado y con lágrimas en los ojos, entró en el juzgado, asumiendo su derrota y rellenando el impreso.

No hay huevos


La frase

Emborracharse es como las películas antiguas. Las cosas suceden con menos frames por segundo.

Los Lumiere, unos borrachos de pro


El apuntador

Llovía a cántaros y los truenos parecía que iban a provocar un estallido masivo de las ventanas de mi edificio. Corrí hacia la puerta, abrí, cogí el ascensor y maldije al anterior usuario porqué apestaba a tabaco. Encima era negro. El tabaco, digo. Un ding agudo, las puertas se abrieron y ya estaba plantado en mi séptimo piso, quitándome la ropa mojada. Mentira, no hubo tal ding porqué eso sólo ocurre en los ascensores de hoteles. Tampoco tenía la ropa mojada. Pero sí que vivo en un séptimo.

Me puse ropa de estar por casa, es decir vieja, raída, harapienta, cutre, con bolitas, agujeros varios y dada de sí, conecté la minicadena y luego fui a arrasar la nevera. No falla, el hambre insaciable de las seis de la tarde. Allí también olía a tabaco. Luego vino el golpe.

Al despertar, aturdido, intenté moverme pero mis brazos y piernas estaban aprisionados por maromas y correas de cuero. Lo de maromas siempre me ha sonado a mujer de moral laxa, no a cuerda. Intenté gritar pero mi lengua había sido cercenada y sólo podía escupir sangre. Me retorcí y al volver la cabeza, lo único que pude ver fue el cenicero con un cigarro antes de que todo se volviera negro. Como el tabaco, que no el individuo.

5 comentarios:

denke dijo...

Hola, mi nombre es Iñigo Montoya. Tu mataste a mi padre, prepárate a morir.

Joan dijo...

Pues sin googlear, no sé qué significa...

Tenblog dijo...

Lo de maroma a mí me gusta. Mucho.

Joan dijo...

Y a mí. Me he propuesto llamar así a mi pareja, pero no sé si le va a gustar.

denke dijo...

jajaja
a ver se impone (urgentemente) un visionado de la princesa prometida. Asi, en frío y en seco. Es urgente, insisto.

http://www.mcckc.edu/longview/socsci/psyc/westra/Adol/DDUMKC/Archetypes/hook.jpg