11 de enero de 2011

El olfato

De todos los sentidos, creo que el tengo más desarrollado es el olfato. Por suerte o por desgracia me comporto como un sabueso y percibo aromas inapreciables para la mayoría de los mortales. Al principio era frustante, nadie me entendía e ir por la calle se convertía en un ejercicio olfativo individual.

-¿Has olido eso?

-No.

-¿Y aquello?

-Tampoco.

Mi nariz ejercía monólogos y no podía compartir ninguna sensación. Ahora sigo igual, pero ya estoy acostumbrado. Esta intensidad me ha hecho apreciar los buenos olores de siempre como la pintura, la gasolina, la turba o el café. Sin embargo, también llegan a mí y desgraciadamente adaptados a mi aumentada percepción los malos olores. En este sentido, sería muy fácil decir que las coles de Bruselas o la mierda huele mal, eso está claro. Por eso hay que ir más allá y clasificar esos perfumes que nos hacen arrugar la cara, tener arcadas e, incluso, defecarnos encima, con el consiguiente hedor incorporado.

Echaré un CV aquí

Mi taxonomía personal incluye delicias como la crema depilatoria. Por circunstancias del destino siempre he vivido rodeado de familiares féminas y, por ende, rodeado de crema depilatoria. Un ungüento que corta pelos jamás puede ser sano. ¿Nadie se ha preguntado de dónde sale? ¿Viene del espacio exterior? ¿Tiene vida propia? ¿Se alimenta de pelos? Cada vez que la casa se inunda de ese aire putrefacto de la crema depilatoria me voy pitando al aeropuerto, destino Alemania. La leyenda parece que es cierta y las teutonas lucen greñas al viento en piernas y, probablemente, en más sitios. Sólo esa visión de mujeres a lo Chewbacca hace que dé media vuelta hasta mi nauseabundo hogar. Hago el trayecto de ida y vuelta casa-aeropuerto varias veces horrorizado por los pelos o por la crema que los borra del mapa. Es un sinvivir y caigo desfallecido o me quedo sin gasolina.

Los pedos no se escapan tampoco de esta clasificación. Para mí, y espero que para ustedes también, son motivo de jolgorio y alegría ya que la máxima “mejor fuera que dentro” es mi guía física y espiritual. Hay tantos tipos de ventosidades como personas en el mundo pero no me negarán que existe una combinación que hace saltar las armas de peligro biológico. Vayan al cine a ver una película y cómanse una ración mediana de palomitas (también conocidas como esas cosas de porexpán blanco que venden por 3 euros) y esperen. Normalmente el tiempo de incubación coincide con el metraje de la película (o bodrio infumable si osan ver Biutiful o Balada triste de trompeta).

Foto aérea de mi casa después de ver Balada triste de trompeta

Pasado ese tiempo, la reacción ya se ha puesto en marcha y es imparable. El gas expelido quema calzoncillo, pantalón y sofá y llega hasta el vecino en forma de nube tóxica. El olor es tan intenso y penetrante que se solidifica y cae al suelo en forma de cubos rompiendo baldosas, vigas y coches, si llega hasta el aparcamiento. Creo que he llegado incluso a correlacionar la calidad de la película con la toxicidad del gas, porque las dos citadas anteriormente provocaron la ruptura de tres tabiques, calvicie permanente a varios transeúntes y oscuridad momentánea en tres manzanas.

Por último, también les diré que el asfaltado de las calles también me produce náuseas y pavor. Parece ser que los coches de mi barrio deben de circular con grampones adosados a sus ruedas y el piso, imagino, se deteriorará a una velocidad inusitada. Si no es así, no entiendo como lo asfaltan cada mes y medio (y también aprovechan para cambiar todas las tuberías de agua, gas y los cables que haya en el subsuelo). Además lo hacen con maquinarias que parecen sacadas de la revolución industrial.

Ruido infernal, vapores a lo Chernobil, movimientos aparatosos y trabajadores negros. Igualito que hace un siglo. Y eso sin contar lo pegajoso del material. Ya puestos, que asfalten con regaliz. Es igual de oscuro, también pegajoso pero, al menos, ganamos en aroma. Como seguro que alguien detesta el regaliz, lo mejor será volver a los caminos de tierra y a la diligencia. Digo yo, vamos.

Y ustedes, ¿tienen olores malditos?

8 comentarios:

denke dijo...

Aborrezco el holor hueco del aguacate.
Pero lo más importante, en el DNI de todos nosotros, debajo de nombre, apellidos, etc... debería figurar una anotación más:
Le gusta el olor a gasolinera; Si/No?

marta dijo...

Un dia passa't pel laboratori i te delectarem amb una gran selecció d'aromes...

Joan dijo...

Denke, todos los que respondieran NO, expulsión inmediata.

No gràcies, Marta, me basta amb ca meva.

denke dijo...

Sabía que no me defraudarías...

Folken dijo...

Yo he trabajado en una gasolinera, y debo decir que amaba a los que ponían gasolina (sobre todo la de 98, que coloca más). El diesel apesta y te pringa las manos.

Tenblog dijo...

Mi olor preferido durante mucho tiempo ha sido el de la sangre menstrual....rara que es una. A fecha de hoy,extinguido éste de mi vida, ando huérfana de nariz...nada me consuela...ni la acetona, ni la cola....ando buscando ese olor que vuelva a hacerme especial....entretanto,voy apañándome con el del salitre (no está mal,no?)

Joan dijo...

Folken, desearía conocer su CV completo. Lo imagino amorrándose al surtidor e inhalando hasta vaciar los depósitos de la gasolinera.

¿Sangre menstrual, Tenblog? Pues nunca me he parado a olerla y no sé si lo haré. Al menos, de momento. El salitre está mucho mejor.

Saludos

denke dijo...

No se quin es el tal salitre, pero Salitre for president!