4 de octubre de 2006

Una disyuntiva atroz


Duro es el sino de aquel que debe decidir ante dos caminos cruciales. El tormento azota la existencia vital y cada paso significa un remordimiento. ¿Qué sería mejor?, ¿ser perro o ser mosca? Seguro que muchos lo habéis pensado alguna vez, ¿cómo sería ponerse en la piel de un animal con unas costumbres en las antípodas de las nuestras? Dentro de mí no hay consenso. Vagaré errático hasta dar con el camino adecuado, el mosquil o el perruno.

Ser perro debe de ser horrible. Tener todo el cuerpo hasta la punta del pijo llena de pelos y encima limpiarse con la lengua. Lengua que, por cierto, no suele bajar de los siete metros de longitud y por la que emana sudor. ¿Cómo vas a lamer algo con tu sobaco? Puestos a pensar el contraataque es fulminante. ¿Y una mosca qué? Que estás todo el santo día buscando mierdas, y cuando encuentras una te regocijas volando en círculos sobre ella y posándote encima. Comemierdas, eso es lo que son las moscas. Con esa lengua de ventosa y un cuerpo no exento de vello, peor no se puede estar. Además, todo el mundo te quiere chafar, como recientemente apuntó mi pareja, no sin antes mirarme con cara de extrañeza: ¿ser mosca o perro? Tú estás chalao.

Visto de otra manera, ser perro te permite acentuar tu lado hedonista y salidorro hasta niveles insospechados. Las caricias constantes y la permisividad en tu conducta sexual desinhibida son un claro aliciente hacia esta forma de vida. ¿Quién no ha visto un perro intentando fornicar con lo que sea? Una perra, tu pierna, un peluche. Y encima, consentido. Si es que este perro no tiene remedio. Ahora bien, de las mierdas tampoco se libran. Si el perro tiene uno de los olfatos más potentes del mundo, ¿qué coño hacen oliendo mierdas y meados a dos milímetros de distancia? Y con el culo de los demás canes, ¿qué? Los humanos deberíamos hacer lo mismo, correr alborotados para saludarnos, y al encontrarnos, agacharnos y, con gran pose de solemnidad, olernos los respectivos ojetes. Verías tú qué recepciones en Moncloa.

Ahora bien, la mosca se lleva la palma de las virtudes. Volar. Y cuando se cansa, camina un rato por la pared. Se frota las patas delanteras y se acicala las alas y otra vez a ello. Vuelo irregular y zigzagueante, pero vuelo al fin y al cabo. Aunque por un corto espacio de tiempo, ya que dice la sabiduría popular que sólo viven veinticuatro horas o poco más. Un corto espacio de tiempo que la mosca suele dedicar a golpear ventanas, - amigas moscas el cristal existe-. Raro, al menos.

Vistos los factores, no me queda más remedio que optar por una fusión mosquiperra, o moscánica. Intentar adaptarme a los factores del modo perro que me gusten todo lo que pueda, mi pelo corporal aumenta, me gusta dormir y que me acaricien, pero optar por no oler culos ni limpiarme con la lengua. Y todo esto combinarlo con una insectez mosquil adaptada, ser mosca cojonera ad eternam, y sobretodo, volar.

3 comentarios:

Dr. Strangelove dijo...

Esa metamorfosis puede dar lugar a que ni las perras se te acerquen a olerte el culo y que tengas que buscar mierdas de elefante donde poder posar tu aberrante aspecto.
No lo termino de ver. Tampoco me vale lo de gato-mosquito, que es más jodido si cabe.

Un saludo

albert_iko dijo...

Para mi no hay mucha disyuntiva, Joan, ser perro (si naces en el sitio adecuado, como todo en esta vida) puede ser un autentico chollo.
O preguntale al de mis padres. Vive como quiere, tiene más atenciones que ningún otro miembro de la familia y, encima, no es muy peludo el muy cabrón.

Joan dijo...

¿Sabes cuando vas en el bus, metro o similar y te cruzas con alguien que no se ha duchado -es bastante común- y lleva la misma ropa desde hace dos días -también común- y huele a rayos, truenos y centellas? Pues ese hedor emanaría de tu boca. Siendo mosca, podrías salir volando. Aunque también quizá te sentirías atraído por la nauseabunda emanación sobaquil...
Para mí sí que hay disyuntiva.