La vida de una cabeza a ras de suelo me enseñó los auténticos valores de la vida, aquello por lo que vale la pena luchar. Esto es, las mujeres con falda (y a ser posible, sin braga ni enagua entorpeciendo mi línea de visión) y el vicio tabaco. Desde que se hizo efectiva mi decapitación fumo gratis porros candentes, puros mordisqueados y colillas con carmín. Al carecer de pulmones, evito cánceres y enfisemas, y gano cierto aire de dandy al no poder coger el cigarro humeante con la mano.
Camuflado divisando ingles (© ulishna.deviantart.com)
Sin embargo, la visión de la ingle femenina y el vicio constante y gratuito no colmaron mis ansias de poder ni mi pobre movilidad. Por eso, opté por proyectar mi frustración y gritar a todo el mundo e insultar a diestro y siniestro hasta que fui presa de una banda de bling-blines que me adoptaron como arma arrojadiza a la par que incendiaria. Así, fui rociado con gasolina, prendido y arrojado contra un grupúsculo de ñetas mientras sonaba reggaeton de fondo. Finé, pero al menos fue con honor, agrediendo y quemando gente de obtuso hablar, mal vestir y peor yantar.
En el tránsito hacia la otra vida, no encontré pasillo con la luz al final ni barquero con las monedas ni abducción o similar. Sólo había un coja su turno. La cola era más larga que en la charcutería del mercado de mi barrio, pero bueno, como tenía la eternidad por delante, seguí oteando entrepiernas femeninas en contrapicado. Después de un rato allí, concluí que el más allá es un antro. Estaba repleto de almas en pena, el mobiliario era como de todoacien, pero carbonizado (eso me hizo deducir que fui a parar al infierno) y sonaba un run run constante como de engranajes poderosos.

José Antonio (© sundang.deviantart.com)