
Sitio dedicado a la contradicción, al surrealismo, a la diáspora, a la sinécdoque, al electrocardiograma y al chuletón de buey.
27 de septiembre de 2007
19 de septiembre de 2007
Comunicado de prensa

- esta noche estrenan Muchachada Nui. No os lo perdaaaaairrrrlll.
7 de septiembre de 2007
Pavarotti - Nessun Dorma
5 de septiembre de 2007
Dos
Todo desaparece Tal indefinición era agobiante y fascinante a la par, por lo que fue directo hacia las mujeres públicas, púbicas y lúbricas que se apostaban en el exterior. Esas chicas se decantaban más hacia el imperfecto, incluso hacia el subjuntivo más soez.
Después de pagar, como un infinitivo, con un billete claramente etéreo, sin cifras, se cambió al imperativo para disponer de una exploración anatómica. El intento no le satisfizo en absoluto: los esperados senos habían dejado de manifestarse, ni siquiera podía gozar de sus pezones. Optó, ya desesperado por un participio de penetración rápida pero, justo en ese momento, se dio cuenta de que el número uno también había desaparecido.
Fin de las vacaciones
Después de un mes de agosto para olvidar, empieza un septiembre quizá aún peor. El nuevo trabajo era de guionista y consistía en escribir una serie para un canal autonómico. Todo pintaba bien pero al cambiar el gobierno de Baleares y, al mismo tiempo, la productora que me contrató ser de signo opuesto al nuevo ejecutivo… pues sí, la serie y el contrato con esta productora se fueron al cubo de la basura. Una pena, porqué mis esperanzas de dejar mi actual trabajo y dedicarme full time a la escritura de guiones se desvanecieron en el acto. Lo bueno de seguir en mi trabajo (de m....) es que el blog tendrá actualizaciones aseguradas.
Vuelvo al chuletón, al surrealismo y, quizá ahora más que nunca, a mi amada contradicción. Quedáis avisados.
PS: La foto es de la isla de Cabrera desde la playa de Sa Ràpita.
31 de julio de 2007
Cabezaditas remuneradas
Os anuncio que me tomo unas pequeñas vacaciones hasta septiembre. Y es que la inminente llegada del mes de agosto y sus calores, perezas, temáticas vacías, resacas... puede resecar cualquier conexión sináptica (si es que la hay) en mi cerebro. Además, me estreno en un nuevo trabajo que combino con el actual y por eso me espera un mes estresante como mínimo.
Disfrutad de la playa por mí, nos leemos en un mes.
PS: Os dejo un post que he escrito en uno de mis innumerables momentos narcolépticos delante del ordenador de la oficina.
Y es que empezamos la jornada laboral sentados correctamente delante de la pantalla, espalda erguida, tecleo firme e ideas ordenadas. Poco a poco, la curva de la espalda aumenta, utilizamos sólo un dedo (el meñique, claro) para escribir y pensamos en… No pensamos.

Uno que no piensa
Y no lo hacemos porqué el cráneo ya ha cogido su propia inercia. Cual caída libre, el viento roza nuestra cara y las lagrimillas brotan hacia los laterales, el pelo ondea hacia atrás y las mejillas aparecen trémulas. Y entonces actúa el sistema nervioso y de manera involuntaria evitamos, normalmente, el impacto contra la tecla espacio. Conozco a más de uno que escribe sus informes sólo con la frente, son casos perdidos. Hay que reaccionar rápido, abrir y cerrar al azar un par de documentos, teclear alguna dirección en el navegador y, como siempre, coger el móvil y disimular.
Así ahorraremos tiempo por la mañana. Bastará con saltar de la cama y ya estaremos vestidos para ir a la oficina. La elegancia se basará ahora en el estampado de los pijamas, animalitos para los jefes, deportes varios para los empleados y lisos para los becarios. ¿Que te da el sueño mortal? Pues cabezadita en la postura que más te guste y a los diez minutitos seguimos trabajando con un rendimiento mayor, descansados y con ropa cómoda.
25 de julio de 2007
Procesos traumáticos (I)
El de recursos humanos Nada más llegar, el Demonio te pregunta si has traído un currículum. Pero, ¡si precisamente te han llamado porqué mandaste uno! ¿Se les ha acabado el tóner de la impresora? ¿Quieren ahorrar papel? Lógicamente, has sido previsor y traes uno de casa. El problema es que, con los sudores, se ha arrugado todo el papel y la tinta se ha corrido con lo que tu CV es ahora un Dalí auténtico. Te echan a patadas, en la empresa no quieren bohemios trasnochados. Corres llorando hasta el bar más próximo.Vuelves otro día después de haberte rociado el cuerpo con antitranspirante. Entregas el CV seco y sin arrugas y te sientas. Las primeras preguntas siempre son de cortesía. ¿Qué tal estás? ¿Has tomado drogas? ¿Te gusta el midget porn? Aquí basta que sonrías con discreción. Luego empieza lo fuerte. ¿Por qué ha elegido nuestra empresa? Ahí el Demonio te quiere pillar, sabe que has mandado el CV a más de 200 empresas del sector y que te importa poco cual te contrate, mientras pague a final de mes. Y tú sabes que lo sabe. Miras al suelo, derrotado. Te enseña el e-mail que enviaste, no pusiste las otras direcciones en copia oculta. Te echan a patadas, en la empresa no quieren pasotas como tú. Corres llorando hasta el bar más próximo.
¿Viene usted por el trabajo?
Tercer intento. Te presentas con peluca y pechos postizos para que el Demonio no te conozca. Desentonan un poco con el traje masculino pero, de momento, cuela. Primer round. ¿Tiene experiencia en el sector? Por supuesto, afirmas. Nombras una gran empresa (en la que estuviste 2 meses de becario-camarero) y otra que ni siquiera sabes qué produce. Segundo round. Te preguntan qué tareas llevabas a cabo. Las nombras y miras al suelo, derrotado. KO. Te echan a patadas. En la empresa, cada trabajador se levanta a por su café y al jefe no le conviene la cafeína. Corres llorando hasta el bar más próximo.
La desesperación te hace volver. Esta vez ni te pones traje, ni tetas, ni sudas, ni nada. Todo va bien hasta que el Demonio utiliza su mejor arma. ¿Cuánto quieres cobrar? Si pides demasiado, mal, si pides poco, también mal. Tiras por lo bajo con cara de apocado y, sorpresa, te dan el trabajo. Te levantas de un brinco y das las gracias vehementemente mientras haces un festival de genuflexión y reverencia. Jamás hagas eso. Eres tú quien le haces un favor a la empresa, deberían de agradecértelo ellos. Además el Demonio odia el servilismo y los personajes tristes como tú. Te echa a patadas. Corres llorando hasta el bar más próximo.
En el bar te ofrecen trabajo de limpia letrinas. Les enseñas el CV. Te echan a patadas.
20 de julio de 2007
13 de julio de 2007
La vergüenza, lo incómodo
12 de julio de 2007
Diálogo experimental
- No tienen una edad predeterminada, ni orientación sexual, ni signo político, ni nada. Están por crear y moldearse.
- Podéis aportar frases tantas veces como queráis, pero nunca dos seguidas. Por ejemplo, si escribís alguna de José Antonio, tendréis que esperar a que alguien postee la de Laura para continuar la conversación.
- Intentad seguir el hilo conductor del diálogo. Si se habla del cambio climático, no contestéis con fútbol, por decir algo.
A ver cómo sale esto, miedo me da.
6 de julio de 2007
Los eufemismos
Observo que las costumbres sociales se rigen por la expresión de los términos en segundo plano, ocultos bajo el velo de lo políticamente correcto (juro no volver a utilizar estas tres últimas palabras, qué cansinas son). Los eufemismos ordenan nuestras relaciones en aras de un espíritu gregario, es decir, para evitar el rechazo. Se deduce entonces que lo obvio, lo franco o lo irreprimible es desechable, desaconsejable y objeto de repudio. Otra forma más de ocultar la verdad, recurrir a la perífrasis y desaprovechar la economía de la expresión.
Un daño colateral en la escala evolutiva humana
Uno de los eufemismos más conocidos y, desgraciadamente incrustados en nuestro subconsciente, es el de los daños colaterales. Después de bombardeos indiscriminados el representante de la potencia de turno sale en rueda de prensa para anunciar que hay que lamentar daños colaterales. ¿Cómo que daños? ¿Colaterales de qué? ¿Que qué de qué? Y así en una eterna espiral chulesca. La cuestión es disfrazar la obviedad, es decir, el asesinato indiscriminado de familias enteras con niños pequeños, mujeres embarazadas, etcétera. Si dijera que los han matado, ese representante se convertiría en un daño colateral de la turba que le daría una soberana paliza y, acto seguido, lo quemarían, descuartizarían, volverían a quemar y a cortar en trozos más pequeños hasta que se desintegrara como se han desintegrado los niños muertos por la bomba.
Si nos trasladamos al ámbito laboral, el eufemismo está a la orden del día, especialmente en el lado del que dirige. El jefe te exige flexibilidad y capacidad de adaptación. En realidad se refiere a que tu jornada de trabajo se pueda extender hasta las doce horas diarias, quizá algún fin de semana y sin cobrar las horas extra. Si no eres capaz de flexibilizar tu penosa vida y adaptarte a las maravillosas condiciones que supone trabajar día y noche en aras de un beneficio empresarial que jamás llegarás a ver, es que no sirves para el puesto. También te pedían trabajar en grupo. Es un concepto que significa nada más y nada menos que deberás cargar con las tareas de todos los inútiles que te rodeen y cuando las termines, tu superior se pondrá la medalla y tú quedarás como representante del grupo de los inútiles, anteriormente citados.
Qué simpática es, la jodía
Por último, hay un comentario que nadie querría escuchar sobre sí mismo, especialmente si está en un bar a las tantas de la madrugada intentando tantear* a un grupo de personas del sexo contrario. Este/a chico/a es muy simpático/a. Terror, horror y pavor. Te acaban de llamar feo/a de la peor manera posible. Ahora te tocará aguantar conversaciones eternas mientras tu líbido se extingue hasta la esterilidad. A ellos se les caerán los huevos al suelo, a ellas, las tetas.
*Aquí también se me ha escapado un eufemismo, quería decir “intentando fornicar…”
Amigos y enemigos míos, huid de los cerros de Úbeda, abominad de las indirectas, no uséis la perífrasis, ¡ya está bien de tonterías! Hablad directo y mirando a los ojos, casi desafiando. Tomad nota de la nueva forma de expresión: Hemos matado a los terroristas y a unos niños que había al lado, aquí vais a currar más que los chinos de la Nike y eres más feo/a que tú mismo/a comiéndote un limón. La saliva que nos vamos a ahorrar.
5 de julio de 2007
De compras
Vivir en pareja puede resultar un camino de rosas, puede ser un éxtasis de amor continuo… o sea, ¡una utopía! y quien diga que es su caso, miente. Vivir en pareja es jugarse la vida a cada minuto que pasa.
- ¿Pero dónde vas así, disfrazado?
Te miras con cara de extrañeza - ¿Qué pasa?
- No, no. Nada.
- ¿Voy mal?
- Hombre… Sabes que a mi me da igual como vayas… pero eso no.
El amor, una falacia creada por El Corte Inglés
- ¿Vamos de compras?
Temblad, hombres del mundo.
Empecemos por la pregunta: Si realmente es una orden, ¿por qué pregunta? ¿A qué viene obligarnos a decir en voz alta: Sí, vamos de compras. Ya busca nuestra humillación y ni siquiera hemos salido de casa. Porque no basta con asentir con la cabeza, atemorizado, hay que jurarlo. Los más ignorantes diréis: Si es una pregunta, se puede responder de muchas maneras, incluso se puede decir no. Desengañaos todos: no cabe el no como respuesta. Sólo se acepta una respuesta afirmativa, clara, contundente, que pueda ser usada en tu contra en cualquier momento. Sí, esa respuesta se convierte automáticamente en un contrato verbal que te puede caer encima como una losa en cuanto empieces a mostrarte inquieto porque te sangran los pies tras siete horas de camino por las tiendas sin descanso. ¿Qué importancia tienen tus pies? Además, el contrato tiene una cláusula que implica la ausencia del dolor. Lo firmaste en el momento que os disteis el primer beso. Ella lo sabía. En cambio, tú pensabas en lo único. Pardillo, te enrollaste con la versión femenina de Don Vito Corleone.
Tu novia, antes de maquillarse
En cuanto sale de casa se convierte en una especie de mujer biónica capaz de arrasar con todo. Camina incansablemente, recuerda prendas, tallas y colores como un ordenador, dispone de crédito ilimitado y manda y ordena que ni Napoleón. Ir de compras ya no es ir de compras, es una misión a vida o muerte. Lleva semanas preparando el asalto, ha inspeccionado el terreno, ha preparado una estrategia que consiste básicamente en actuar como la bomba H. Tu misión es diáfana: o estás con ella o mueres carbonizado.
Se establece entonces una relación de sumisión en la que el hombre no tiene otro papel que el esclavo, heredero de toda una especie, la masculina, destinada a acatar. De ahí la imposibilidad de elevar las cervicales, siendo obligada la mirada al suelo, obediente. La vida en pareja es lo que tiene. La imagen de un hombre casado es la de un junco que se va curvando con el paso del tiempo y las órdenes. Vayan a Zara y compruébenlo, hay hordas de peleles sumisos por doquier.
Ya no puedes escapar. Las bolsas de las tiendas se convierten en las cadenas. Suéltalas y libérate, y ella te amputará los dos brazos con las etiquetas de las prendas. Cortan que no veas, compañero, está todo pensado de antemano. La premeditación femenina es peligrosísima.
Armas femeninas de destrucción masculina masiva
Porque si se te ocurre rascarte la cabeza cuando te pregunta por vigésima vez si esa camiseta roja quedaría bien con aquellos zapatos que se ha probado hace tres horas, a pesar de que no tenían su número y que han provocado una pelea entre ella y el dependiente de la que tú tienes toda la culpa porque no la defiendes nunca, te dice:
- Oye, tranquilo, ¿eh? no te pongas así. La próxima vez vendré sola.
¡Cuidado! Esa es la primera advertencia. En realidad quiere decir: Como tenga que venir sola… te vas a cagar. No tientes a la suerte.
Pero, tú piensas, si tan claro lo tiene ¿Por qué no irá sola la próxima vez? ¿Por qué el hecho de que a ella le apetezca duplicar semanalmente su vestuario, eso te implica irremediablemente? Hay cosas que sólo atañen a uno de los miembros del conjunto, como jugar a la Play con los amigotes, o comer pipas (¿Por qué siempre cogen las pipas de tu mano? ¿Acaso no tienen dos manos?) Pues ir de compras es una de ellas. Sólo afecta a un miembro. Entonces, yo juego a la Play, y tú vas de compras. Eso es amor. Y también falta de contacto con la realidad.
Hay otra cosa que está clara, tú no puedes ni rechistar si ella te trata como un gilipollas cuando te manda a por aquella camiseta verde manzana y tú vuelves con una verde botella. Es cierto que el único verde que conocemos los hombres de hoy en día es el verde La Masa. Pero, ¿es necesario llegar a agredir verbalmente a alguien por no saber que no es lo mismo el lila que el violeta? Si es que hay que leer más: la teoría de la evolución lo dice bien claro: las mujeres poseen una variedad cromática infinitamente superior a la masculina. Colores como el ala de mosca, el ya descrito anteriormente verde botella, o el rosa palo certifican este hecho. Por no hablar de la hegemonía léxica. ¿Qué es un bolero? ¿Qué es trench? ¿Palabra de honor? ¿Hablamos de ropa o de juramentos? ¿Dios, no es más fácil decir esto o aquello? ¿Dame eso de ahí? ¿No te pones aquello oscuro? Claridad, precisión.
Todos los otros colores no existen
Esta situación de clara inferioridad cromática y léxica provoca un desequilibrio emocional en el hombre similar a alguien perdido en un país ajeno. ¿Dónde estoy? ¿Qué dice esta gente? ¿Dónde hay una Play station? Entonces uno opta repetir la conducta base: bajar la cabeza, asentir y volver al estado de esclavo (el hombre-junco). Encima, tú no puedes ni inmutarte porque, si lo haces, cometes el error más grave que puede cometer un hombre, vivo o muerto, en una tienda de ropa. Cualquier réplica o gesto despectivo hacia tu novia despierta un sentimiento de solidaridad inaudito hacia ella en todas las mujeres que te rodean. Y eso sí que puede doler mucho porque no son pocas. Es un poco rollo hormigas. Crees que puedes con una, pero no has contado con las que vienen detrás.
Y es que hay un principio secreto a esa enemistad, al que sólo acceden los iniciados, que reza así: si te metes con una mujer, te metes con todas. Aquellas dependientas que antes te miraban con ojos de Yo quiero un novio igual pa mí, ahora piensan Verde botella...es que hay que ser tonto. Y no penséis que los otros hombres de la tienda, los que acompañan a esa jauría que ahora te mira con desprecio, no penséis que van a solidarizarse contigo. Eso lo sabemos todos, y nos lo perdonamos, es un código no escrito. Si somos incapaces de enfrentarnos a nuestras novias, ¿cómo vamos a dar la cara por otro? Nos basta con jugarnos la vida con la parienta propia. Lo único que cabe es una comprensión silenciosa de la tragedia del otro. Una mirada compasiva y nada más. Punto. Ahora bien, la cuestión cambia cuando el enfrentamiento es entre féminas. Las mujeres son, por definición, enemigas entre sí. Lo de Sauron y los Elfos eran cosas de niños. Por ejemplo, si hay dos chicas peleándose por una falda o lo que sea ¡¡huid lejos!! La devastación puede ser total.
La lección más importante que uno debe aprender y asumir hasta sus últimas consecuencias cuando sale de compras con su mujer es: Si quieres seguir con vida, cuida tu lenguaje. Da igual si has dado vueltas en una tienda durante media hora y has sucumbido bajo una montaña de vaqueros que te dicho que le guardes-para-que-no-se-los-lleve-nadie mientras ella se pelea por un jersey-monísimo-que-esta-tirado-de-precio, da igual. Debes hablar siempre con temple, educadamente y, si es posible, terminar las frases con un: a ti te queda bien todo. En caso de duda, un aplauso acompañado de un ¡Ooooooooooh! cuando sale del probador será bien recibido por su parte.
Da igual cuanto tiempo lleves mirándola probándose todo tipo de ropa, nunca dejes que el cansancio haga mella en tus ojos y acabes fijándolos en aquella dependienta de prieta indumentaria. Sólo para descansar la vista, claro. Si eres descubierto, serás azotado con una lluvia de preguntas extremadamente peligrosas: Empezando por la primera, la más delicada:
- ¿Qué miras?
¡Cuando ella ya sabe a quien miras! Después continua el interrogatorio de la GESTAPO:
- ¿Te gusta más que yo? ¿Está más delgada? ¿Es porque tiene más tetas?
Presta toda tu atención, esta es una prueba a vida o muerte. A este tipo de preguntas es evidente que se responde con sinceridad autómata, sin concesión a la duda, sin miedo, aguantando el chaparrón como un hombre de verdad: sumiso y mirando al suelo. Pero el interrogatorio no termina ahí, ya que deberás confesar honestamente que no hay otra como ella en toda la tienda, en la ciudad y, dependiendo del fuego en sus ojos y del tamaño de sus uñas, en todo el universo. Puedes arriesgar hasta un nivel superior de dificultad e intentar apaciguarla. ¡Atención, esto sólo lo hacen los expertos! Hay que decir: La camiseta verde botella te quedaba muy bien. Procura no haberte referido a la verde oliva. En caso contrario perderás tus extremidades y pasarás el resto de tu vida arrastrándote dentro de un carrito de madera. Si ella decide finalmente que la jornada ha sido satisfactoria y da el visto bueno a una retirada pacífica de las tropas hacia el hogar, la emoción, las lágrimas y el llanto ahogado están de más. Simplemente obedece. Recoge las bolsas y carga con ellas con dignidad, mostrándote agradecido por los momentos que acabáis de pasar juntos.
Por otra parte, si es duro acompañarla a comprar ropa para ella, mucho peor es cuando decide que eres tú el que necesitas renovar tu armario. Y ese momento, tarde o temprano, llega. Sucede tal que así:
Un día tenéis una cena y, por una de esa casualidades de la vida, ella ya ha decidido qué va a ponerse, mientras tu estás jugando la final de la Copa de Europa con el Getafe y Thierry Henry está a punto de lanzar un penalti que puede darte la victoria y culminar el trabajo, el sudor y las lágrimas de largas horas de insomnio. Ella se acerca con sigilo y, como quien no quiere la cosa, desenchufa la Play (repito, ¡DESENCHUFA LA PLAY!) y ordena:
- Vístete.
En ese momento es preciso actuar con agilidad y determinación. Te diriges raudo y veloz a tu armario, lo abres y ¿qué ves? Nada. En tu armario sólo hay una magnífica colección de perchas de las que no cuelga nada excepto una bufanda del Barça y una camiseta con una foto de tus colegas estampada y un lema: el Manolo se casa. Abres mil cajones con la esperanza de encontrar algo que puedas ponerte, pero sólo encuentras una bandera de los Guns n’ Roses, una cinta métrica que brilla en la oscuridad y una cantimplora de cuando ibas de colonias que hace que te preguntes: ¿en qué momento de la mudanza pensé que esto me sería útil? (¿qué coño hará ahí si ya no vives en casa de tus padres?).
Camiseta descubierta en Atapuerca
- Cariño, tenemos que ir de compras.




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