22 de abril de 2009

Prodigios evolutivos

Prosigamos: como iba diciendo hace escasos minutos en esta retahíla de posts que me han costado la erosión de los dedos hasta tornarlos en muñones de tanto de escribil y de escribil: la inactividad es un lobo para el hombre. Te asalta súbitamente y, a modo de virus, infección mediante, ralentiza todas y cada una de las neuronas, moléculas, pústulas y uñas que son los cuatro componentes vitales del cuerpo humano. Así, hace dos segundos (¿o han sido dos meses?) me encontraba dispuesto a relatar hechos inanes adornados con literatura barata y léxico inconexo, incluso repleto de faltas ortográficas, pero me atrapó el sopor.

Fruto del paro y de mi natural vagancia, el tedio me infectó y me vació entero. Llegué a estar tan limitado que no podía efectuar dos tareas al mismo tiempo. Si me picaba algo, al intentar rascarme, dejaba de pensar y, por ende, olvidaba hacia donde dirigía mi uña afilada. Luego, volvía a la tarea anterior, o sea, el reposo, y me volvía a picar (sí, eran los huevos, para qué negarlo). Y así hasta el infinito.

Involucioné hacia un estado que he decidido llamar “Anacoretismo Extremo en Entorno Urbano con Ramalazos Animalizantes” – de ahora en adelante AEEURA© o aeeurismo©-, que, por cierto, lo he plasmado en un breve ensayo de quince tomos que pronto saldrá publicado en revistas científicas sin parangón y sin tirada, muy a mi pesar.

La cuestión es que la condición humana es frágil y yo lo viví en mis carnes. De hecho, me propuse ser mi propia rata de laboratorio, ser un autoexperimento. Lo primero de todo fue adoptar un nuevo eje, la horizontalidad. ¿Para qué desplazarse de pie? Uno, al caminar, se cansa. Entonces reduje al mínimo los desplazamientos, ubicando mi centro de mando en el sofá o, en su defecto, en el suelo. En esas dos superficies he pasado largas horas investigando asuntos avanzados a nuestro tiempo, desarrollando teorías revolucionarias durante siestas prolongadas y alimentándome de forma voraz.

En realidad, al llegar a un estado avanzado de AEEURA© un servidor acumulaba víveres en el sofà, refugio espiritual y nave nodriza, y los engullía sin elaborar, incluso sin tocarlos, retozando libremente mientras abría la boca para ver qué caía en la oquedad hambrienta. Un insistente Ferrán Adriá llama cada día a mi puerta para copiar este retozante sistema alimenticio. Lógicamente, no le abro, pero le paso tranchetes por debajo la puerta, a ver si se asusta y se larga.

Algunos podrían considerar que estas muestras de comportamiento me convierten en un ser primitivo. Sin embargo, el aeeurismo© no me hizo olvidarme del buen decoro y efectuaba mis deposiciones detrás del televisor sin que nadie pudiera notar nada. Lo mejor era que al perder toda masa muscular debido a la inactividad, me desplazaba sobre mi baba a modo de caracol. Os lo aconsejo. Es algo lento, pero disfrutas más del viaje.

El lenguaje verbal también sufrió ciertos cambios sutiles. Pasé a prescindir de las vocales para expresarme sólo con consonantes fricativas. Ideé todo un complejo sistema de entonación y longitud de la pronunciación que nadie llegó a entender pero que, a mi modo de ver, merecería varios Nobel. Mandé el siguiente e-mail a la RAE:

Sssssssss, b-b-b, PPP, SSbb-s’b.

Hete aquí un silogismo de lo más profundo, con una pureza sintáctica que haría resucitar a Lázaro Carreter. Pues aún espero respuesta de los letrados viejunos.

Vi que muchos amigos, la familia y turistas que pasaban por allí me llamaban embrutecido, comentaban que me había abandonado, que si australopitecus y no sé qué. Y yo no comentaba nada de ellos, así soy de educado. Entonces repté sobre mi baba y me acerqué a dialogar con uno de los seres inferiores que oteaban mi estadio superior. A través de un intenso debate y una somanta de palos que procedieron a suministrarme varios familiares y allegados, comprendí que me había convertido en el nuevo Galileo de mi era. Asustado por la posibilidad de la reintroducción de la hoguera en plaza pública, accedí a volver a ser un simple humano a sabiendas que Darwin estaría tirándose de los pelos en su tumba.

Y para salir de este estado catatónico de inercia hacia la nada más absoluta acudí al remedio más eficaz que conozco: la cirugía casera. Si anteriormente las palancas de la muerte me habían proporcionado la escalera precisa para medrar hasta la deidad, ¿cuál sería el límite de mi ambición operatoria? ¿Cuántos Nobel –premios, no cartones- merecería tener en la estantería? ¿Por qué ningún hospital lleva mi nombre con orgullo? Así, lleno de humildad, procedí a rajar mi dermis con varias cucharillas de café esterilizadas y, con una precisión milimétrica, implanté, quité, puse, serré, tricoté y heñí durante horas hasta que di con el resultado adecuado: el cambio de sexo. Y diréis, ¿una mujer no puede ser atacada por la inactividad? Y yo os responderé: ahora ya me he operado, hijos de puta.

14 de febrero de 2009

A un hombre de una gran apatía

Érase un hombre a una vagancia pegado,
érase una ociosidad superlativa,
érase una persona con apatía,
érase un haragán bien acostumbrado

Era un reloj de sol mal encarado,
érase un gandul boca arriba,
érase el maestro del “no escriba”,
un blog inacabado.

Érase la indolencia como bandera,
érase el rey vago de España,
las doce tribus de vagos era;

Érase un vaguísimo infinito,
muchísimo más, vago tan fiero,
el vago de la peor calaña.

Autodedicado

11 de diciembre de 2008

La carne

Ricardo Alabastro amanecía a diario como un hombre solitario y malo. Nadie sabe a ciencia cierta qué fue primero, si causa o consecuencia, si la soledad o la maldad. La cuestión es que Ricardo cosechaba enemistades minuto a minuto. Y lo hacía porqué le apetecía. Buscaba la animadversión ajena sólo por autocomplacencia y eso le sumía en un aislamiento social perenne.

Sin embargo, ese aislamiento tenía una excepción. Su único e íntimo amigo, Unívoco Ros – Uni, para Ricardo- que hacía oídos sordos a toda palabra agreste pronunciada por Ricardo. Y es que no le quedaba más remedio. Uni era un pobre hombre sin amistades conocidas, virgen y fotosensible. En pleno agosto se veía obligado a cubrirse con múltiples telas para no mudar la piel como una serpiente. Eso le salvaba la vida, pero acrecentaba su ya de por sí alta probabilidad de continuar célibe.

A cada impertinencia de Alabastro, Ros bajaba la cabeza, dócil. Era su única manera de conservar alguien con quien caminar al lado. Así, se complementaban a la perfección: Alabastro era un sociópata empedernido y Ros un pusilánime, comparsa y obligado adulador.

Todo cambió, no sólo entre ellos sino en todo el pueblo, cuando apareció Verónica Asaz, la nueva dependienta de la carnicería “Comestibles Asaz”. Verónica era la hija de Costilleja Fango y Leopoldo Asaz, los anteriores dueños del establecimiento. Él había muerto recientemente empitonado por un toro embolado en las fiestas del pueblo. Atila, como le llamaban en la comarca, de natural valiente, en mala hora quiso encenderse un puro con el asta ardiente del animal. La cornada fue tan profunda que se tuvo que celebrar el sepelio en la plaza aún en fiestas y con banderilleros colocando ágilmente las coronas al lado del finado que mostraba una estampa a medio chamuscar, a medio fumar y a medio rigor mortis. Su mujer, Costilleja, desapareció entre los muros de un convento de monjas cultivadoras de opio. Cerraron la carnicería y Verónica heredó el establecimiento, dos acres de tierra estéril, siete gallinas, el género de su madre y el ímpetu de su padre.

Semanas después, al reabrir la tienda, el nulo atractivo de ir a comprar carne se trocó en circo romano al mostrarse Verónica con bata escotada y leotardos de lycra blancos, obviando la ropa interior y mostrando muslo, pechuga y descaro por igual. Ni qué decir tiene que la revolución hormonal masculina de la villa era evidente. La mezcla de sensualidad y sangre animal dotaba a la escena de una sordidez atroz aunque no le restaba un atractivo morbo, fatal para los hombres de aquel lugar.

La Carnes, como no tardaron los del pueblo a bautizarla, no daba pie con bola. Confundía el lomo con la culata, guardaba la grasa y tiraba la carne y trituraba el solomillo para hacer hamburguesas. Sin embargo, el cojasuturno no daba abasto y ella vendía todo el género. Precisamente, la clientela antaño compuesta por señoras mayores que acudían al encuentro de la desaparecida Costilleja para comprar carne, fumar en la trastienda y cotillear largo y tendido, se convirtió en un conjunto de mamelucos peludos de ojos saltones, libido en ristre y billetera rebosante que observaban babosos y boquiabiertos la escasa maña de la Carnes. Para ellos, su torpeza pasaba desapercibida, en cambio su exuberancia corporal, les hechizaba sin remedio.

Ricardo y Unívoco no eran una excepción y acudían al colmado a diario con todos sus ahorros y lo que podían sisar de las propinas del bar. Alabastro profería vítores, aplaudía y se subía al mostrador en un alarde de obscenidad, mientras que Ros la miraba de reojo, ruborizándose cada vez que avistaba el mareante escote desde una buena perspectiva. La Carnes no se daba por aludida, pero observaba cada uno de los movimientos de sus clientes. Los conocía a todos y se asistía con curiosidad al espectáculo opuesto de Ricardo y Uni.

Los dos se la querían beneficiar. Ellos dos y el pueblo entero. Como Uni a duras penas decía nada, Ricardo le obligó a formar parte de su plan. Un día la esperaron a la salida del trabajo. Había anochecido y sólo permanecían abiertas las luces de las farolas, los neones del puticlub y el fluorescente de la trastienda de “Comestibles Asaz”. Se acercaron a la puerta y, Uni, según lo acordado, se quedó de vigilante fuera. Alabastro la vio a través de varios costillares que colgaban de ganchos afiladísimos. Ella ya sabía que estaba ahí.

Uni esperó durante toda la noche y, al cabo de unas horas, preso del sueño, se marchó a su casa cabizbajo y enrabietado por ser un cobarde. A medio camino, se armó de valor, dio media vuelta y entró dando un golpe en la puerta, decidido a cambiar su sino defenestrando a Ricardo y conquistando a la Carnes.

Nunca más se supo nada de Ricardo Alabastro ni de Unívoco Ros. Durante dos días, “Comestibles Asaz” vendió los mejores solomillos, bistés y costillas de la comarca. Y la Carnes siguió trabajando en su carnicería, con su físico por delante y sus afilados cuchillos de acompañantes.

28 de noviembre de 2008

Diario de un asesino en serie

Querido diario,

Ya no puedo más. Ha llegado el día. Hoy he comprado los cuchillos, próximos apéndices de mis manos. Me he cansado de tanto vilipendio. El hastío de ser un hombre -por no decir deidad- en paro me ha convertido en un asesino en serie. No tendré piedad con nadie y, lo mejor de todo, es que podré culpar al sistema de mis fechorías.

- ¿Cómo se declara el acusado?
- Inocente, señoría. El sistema me obligó a cometer los hechos aquí juzgados... - Afirmo mirándole con ojos llorosos, manos en rezo simulado.
- (La turba, enfurecida, de fondo) ¡Sí, claro! El sistema métrico, no te... - Hay nervios y expectación en la sala, amén de politoxicómanos, subsaharianos, mongoles y kazajos.
- Silencio en la sala, ¡orden! - El juez ya cede.
- Limpie mi honor, señoría, soy inocente. - Lo tengo en el bote e incluso le guiño el ojo descaradamente, sin sodomía implícita, sólo compañerismo de taberna con vapores alcohólicos.
- Por supuesto, camarada. Caso cerrado. El acusado queda libre sin cargos y recibirá indemnizaciones y parabienes en proporción de 10 a 1.
- Sea pues. - Esta última parte no la entiendo pero escapo brincando y haciendo calvos al fiscal.

Mi problema actual es el presupuesto. Matar es caro. Y es que soy un asesino mileurista y he comprado mis afilados hermanos en el Todo a cien, siendo éstos para untar, forma que me dificulta el desgarro y cercenamiento de venas y arterias. El crimen se convierte entonces en tarea de aserrado, árdua para mí y eterna para las víctimas. Más que de aserrado, de untado. Mis víctimas mueren untadas. Debo optimizar mi método. Y comprar más mantequilla. O margarina, que sale más barata.

12 de noviembre de 2008

De cómo volví a mi vida gris e inane

Mi periplo anterior como líder espiritual no medró, como todos ya saben. El final fue trágico y degollante pero, por suerte, tener un doble a mano aligeró mis penas y el trepanar de mi cuello. Exiliado de mi propio reino religioso, construí una lancha a propulsión con dos ventiladores veraniegos, una tabla de planchar y varios fardos onubenses que me servían ya de ancla ya de recreo, este segundo aspecto mucho más crucial ante la longitud del viaje que me aguardaba. Recorrí millas náuticas hasta dónde me permitieron los alargadores de los ventiladores, unos dos metros. Luego el impulso me llevó por la misma ruta que Colón. Avisté pateras, remonté olas atlánticas, hallé vida abisal, comí pescado crudo y cogí un buen bronceado. A mi llegada a la tierra prometida, mis ojos vidriosos no acertaban a ver las indígenas en celo colgándome collares florales, meneando las cinturas y tocando melodías tropicales, sino que mis muñecas notaban la presión de las esposas, el gritar de los agentes y el duro, frío y agreste sabor del asfalto yanqui.

Interrogado, auscultado y con mis orificios todos inspeccionados, fui interrogado sin descanso día y noche durante cinco minutos. Al comprobar mis huellas, vieron que, en efecto, yo era Joan XXIV, principal responsable de la diáspora estadounidense a Palestina y de la construcción del Palacio Joan, cuya mise en escene aglutinaba 125.000 obreros. No obstante, al no existir la joanita ni el excelsio, llevaba parada desde su misma inauguración sumiendo en la quiebra y la toxicomanía al país entero (por esto último mis fardos fueron confiscados disimuladamente con miradas sibilinas y silbidos dirigidos a las nubes). Rápidamente y con un juicio justo consistente en un sonoro “¡Culpable!” y un martillazo judicial, fui enviado al corredor de la muerte. A mí, plin, la muerte no era novedad para un visionario lúcido y ajeno a lo mundano como yo. Además, allí conocí gente de trato excelso, currículum laureado y escarificaciones varias, proceso tatuador al que me vi sometido amén de otras capitulaciones. Aún así, mediante mi labia y mis capacidades telepáticas junto con un bate de béisbol, convencí al guardia para que se quedara aturdido y escapé hacia el sur, como suele orientarse uno en las películas, donde nadie posee una brújula y los puntos cardinales son algo obvio.

Pasar desapercibido

Pronto llegué a un pueblucho de mala muerte. No disponía de Saloon ni mandaba sheriff alguno ni pululaban volátiles los salicores. A pesar de ello, era de mala muerte. Procuré adaptarme al medio a.s.a.p. y, adalid de la mimesis, genio camaleónico y émulo de los ultracuerpos, pasé a morar en una casa con porche, que no Porsche, doble puerta (una traslucida) en la parte delantera y una tercera en el jardín posterior, poseer armas, conducir una ranchera y engullir cantidades elevadas de calorías. Así, republicano, gordo, paleto y armado, me he pasado los últimos días huyendo de mi condición de robot, Rey y Dios, líder máximo. Antes aclamado, ahora defenestrado y perseguido por las hordas.

Disfrazado de americano WASP, pude salir del país y volver a mi casa dónde aún encontré los esbozos de mis primeros apéndices robóticos, restos de pomos gelatinescos, una postal algo chamuscada de José Antonio, a.k.a. Lucifer y mi túnica dorada, musa de mi inspiración mística. Ahora, sólo me queda esperar.

26 de octubre de 2008

Paréntesis efímero

Ni para limpiarse el culo


Les informo que hace un mes me echaron del trabajo. Como visionarios que son, les animo a que me propongan nuevos retos y horizontes laborales que explorar. Espero ansioso, currículum en mano.

También informo que me quedé sin entradas para AC/DC. Si alguno de ustedes tuviere, hijodeputa.

Y por último, y para que no parezca una rueda de prensa, les comento que estaré diez días desaparecido por la Gran Manzana gastando mis escasos éuroles cambiados en piedrólares.

Abrazos y collejas a todos.


Cuando vuelva, su Santidad tendrá listo su discurso de despedida.

7 de octubre de 2008

De cómo pasé a ser el líder religioso mundial

Días ha, aparecí de nuevo en el mundo real gracias al Maligno, sí, mi amigo José Antonio. Y, además, recolocado como líder espiritual mundial y dotado de cuerpo humano. Mi cabeza reposaba encima de un talle robusto, de pecho ancho y brazos fuertes (no eran las palancas de la muerte, pero algo era algo) y mi cerebro avanzado por fin tenía extremidades a las que dirigir. Una pena que Lucifer se equivocara y me situara en un cuerpo afroamericano, vamos, más negro que Samuel Eto’o. Mi tez blanca contrastaba a modo expresionista con el cuerpo de Kunta, pero no me quejaba gracias a según que atributos que rozaban la elefantiasis y alegraban mi harén de ninfas virginales cuyos encantos aumentaban la mística de mi figura.

Mi primera decisión fue anunciarme a los cuatro vientos:

“Soy el Papa Joan XXIV y mi doctrina ha de caer encima de todo aquel impío que ose mirarme a los ojos. Vuelve el siglo XIII, lo gótico, lo oscuro y el arrepentimiento. Habéis nacido para sufrir, para ser castigados ante mis ojos, testigos inexorables de todo lo que acaece en este valle de azufre, lágrimas y ganchitos que es la Tierra.”

Tal presentación redujo el espectro religioso mundial al monoteísmo absoluto. Aparecieron Joaneros en Sudamérica, Joanistas en Oriente Medio, Joánicos en Europa y Juanetes en los pies, todos seguidores míos que, humildemente y tras ordenárselo, donaron sus mujeres –para alejarles de la tentación-, su dinero –para que no se ensuciaran con el vil papel- y drogas –para que las pusiera a buen recaudo- a mi causa. Budismo, Islamismo, Catolicismo y demás pamplinas pasaron a ser reductos similares a los amish, apartados de la sociedad y ridiculizados por el cine.

Redacté un Nuevo Nuevo Testamento (aka NeNeTe) y los Diez Mandamientos pasaron a ser dos:

- Adorarás, pagarás dinero, te someterás, obedecerás y no replicarás a tu líder espiritual, el Papa Joan XXIV, por encima de todas las cosas.

- Para cualquier duda, consultaràs el Primer Mandamiento.

Toda la población -aka ratas de mierda- fue adoctrinada con el NeNeTe día y noche. Lo enseñaban en las escuelas, lo publicaban los periódicos y los graffitis lo estampaban en las paredes. No se oía otra cosa en la radio o en la televisión y por si fuera poco, la escarificación de sus siglas en las frentes de todos se convirtió en obligatoria, así no se olvidarían jamás, pensé. NeNeTe en la cabeza de forma permanente, qué gran idea.

Mandé construir un templo que personificara mi figura, pero no había materiales suficientemente nobles ni extensión tan inmensa como para rendir homenaje al nuevo dios, así que demolieron Estados Unidos y allí se puso la primera piedra de lo que sería el Palacio Joan, construido con joanita y excelsio, dos materiales aún por descubrir pero que quizá colmarían mis expectativas. Advertí que ejecutaría mineros e ingenieros hasta que se descubrieran tales materiales. La población nortamericana sobrante, es decir, toda, fue invitada amablemente, prendiendo sus ropas con antorchas ardientes y decapitando a todo aquel que no corriera despavorido, a establecerse en Palestina, cosas del destino.

Anunciado el nuevo orden mundial, sólo quedaba a expensas de ejercer mi yugo espiritual, aplicando liturgias psicotrópicas y sumiendo a la humanidad en un caos que me reportara pingües beneficios. Sólo llevaba un día de Joan XXIV y ya vestía con túnica dorada, cinta Umbro en la cabeza, tacón alto, calcetín blanco y me expresaba en arameo, lengua que desconocía pero me daba cierto aire de trascendencia. De esta manera, mis visionarias ideas de prohibir el calzado, obligar a conducir marcha atrás, rezar el NeNeTe desnudos al amanecer o establecer el piedra-papel-tijera como nueva moneda mundial cayeron en saco roto. Ni me entendían, ni veían que eso fuera competencia de un líder espiritual.

Agotado, resolví quitarme la vida en señal de hastío, como última queja. Cogí a mi doble para situaciones de riesgo, le rebané el cuello con gran simbolismo y abandoné el báculo de hachís marroquí, símbolo de mi efímera gloria religiosa.

17 de septiembre de 2008

De cómo contacté con el más allá


La reciente inactividad de este, mi bloj, responde a causas que ya relaté anteriormente. Les recuerdo que fui derrocado como jefe de gobierno por la gracia de dios y, al mismo tiempo, desmembrado por una turba enfurecida (un enfado a todas luces incomprensible dadas mis decisiones paternalistas y beneficiosas para todo el pueblo –aka putas ratas- y, en especial, para mí). Despojado de cuerpo físico y de mis palancas de la muerte, sólo me quedaba arrastrarme propulsado por bufidos inconstantes o asiendo zurullos con los dientes a modo de punto de anclaje para luego moverme cual oruga.

La vida de una cabeza a ras de suelo me enseñó los auténticos valores de la vida, aquello por lo que vale la pena luchar. Esto es, las mujeres con falda (y a ser posible, sin braga ni enagua entorpeciendo mi línea de visión) y el vicio tabaco. Desde que se hizo efectiva mi decapitación fumo gratis porros candentes, puros mordisqueados y colillas con carmín. Al carecer de pulmones, evito cánceres y enfisemas, y gano cierto aire de dandy al no poder coger el cigarro humeante con la mano.

Camuflado divisando ingles (© ulishna.deviantart.com)

Sin embargo, la visión de la ingle femenina y el vicio constante y gratuito no colmaron mis ansias de poder ni mi pobre movilidad. Por eso, opté por proyectar mi frustración y gritar a todo el mundo e insultar a diestro y siniestro hasta que fui presa de una banda de bling-blines que me adoptaron como arma arrojadiza a la par que incendiaria. Así, fui rociado con gasolina, prendido y arrojado contra un grupúsculo de ñetas mientras sonaba reggaeton de fondo. Finé, pero al menos fue con honor, agrediendo y quemando gente de obtuso hablar, mal vestir y peor yantar.

En el tránsito hacia la otra vida, no encontré pasillo con la luz al final ni barquero con las monedas ni abducción o similar. Sólo había un coja su turno. La cola era más larga que en la charcutería del mercado de mi barrio, pero bueno, como tenía la eternidad por delante, seguí oteando entrepiernas femeninas en contrapicado. Después de un rato allí, concluí que el más allá es un antro. Estaba repleto de almas en pena, el mobiliario era como de todoacien, pero carbonizado (eso me hizo deducir que fui a parar al infierno) y sonaba un run run constante como de engranajes poderosos.


José Antonio (© sundang.deviantart.com)

Llegó mi turno y me entrevistó el mismo Lucifer, que en realidad se llama José Antonio, pero se cambió el nombre para aparentar. Después de horas amenazándome y anunciando el suplicio que me esperaba ad aeternam, le insté a que me dotara de cuerpo y extremidades, me devolviera a la vida y, juntos, dominaríamos el mundo. Nos lo jugamos a Texas Hold'em y vencí con un ful jotas-cuatros. El gran Lucifer fue clarividente y, en un abrir y cerrar de ojos, me resituó de nuevo en la Tierra como padre de todos, es decir, como el Papa Joan XXIV. Esto que narro fue ayer. Preparaos, ratas almizcleras, la nueva doctrina espiritual está al caer.

3 de septiembre de 2008

De cómo me convertí en un rey efímero

Mi nueva condición robótica me trajo hace un par de semanas la primera de las innumerables sorpresas que me depara mi estatus actual. Los engranajes que instalé en mis brazos, ahora los llamo cariñosamente palancas de la muerte, me han dotado de una fuerza inusual. Con ellas ahora rompo, doblo y hago trizas todo lo que se me antoja que no es poco. Coches azules, esquinas de calles, farolamen de autopista y sillas de terrazas sufren mi ira metálica. De ahí que el ejército mandara a mi casa hace un par de días un regimiento de ciento cincuenta mil hombres, varios centenares de helicópteros, tanques y demás parafernalia militar. Un simple vaivén de las palancas de la muerte bastó para aniquilar semejante molestia. Derrocado el ejército, el Congreso se postró ante mi figura, modelo de superhombre, sugiriendo que tomara las riendas del país. Y así lo hice. Pero no como presidente, sino como rey absoluto y, ¿por qué no?, tirano como pocos.

Mis primeras decisiones causaron furor en el departamento presupuestario y, al alimón, calaron hondo en el populus, situando a cada cual en su lugar: a mí, en la poltrona, al resto de seres vivos, en las cloacas. Lo primero fue construirme una residencia a la altura del linaje que ostento. Un piso pequeño de dos mil metros cuadrados todo de oro, paredes incluidas, exceptuando los pomos de las puertas que son de gelatina de fresa. El mobiliario es de hachís afgano, ahora legal y obligatorio en este, mi país, y visto ropa cosida a mano con hebras de azafrán.

De los grifos emana Pingus a todas horas y mandé diseñar dos piscinas monumentales. Sí, monumentales. Una de ellas sólo de espuma, por si me apetece darme un baño relajante. En la otra se bañan permanentemente Michael Phelps y la selección austriaca de waterpolo, por si estoy en modo lúdico –tengo un interruptor en el cogote que me permite varios modos, lúdico, colérico, libidinoso y stand by-. Lógicamente, acudo a hacer largos con el octomedallista americano ataviado con una MG 42 y le castigo las extremidades para igualar la contienda. Aún debo perfeccionar mis mecanismos electrónicos bajo el agua. Nota mental: El equipo de waterpolo hace días que no se mueve. Usar la MG 42 de acicate.

Tremendos, los pomos, gelatinescos

Vista esta muestra de poder, el pueblo cloaquero salió a las calles cual marabunta enfurecida y no tuve más remedio que predicar por radios, televisiones y prensa nacional las bondades de las palancas de la muerte para apaciguar a los seres inferiores. “Todo no se puede tener y el hombre-robot soy yo”, “El pueblo sin un líder es como un enjambre de ratas”, “Fostiaré a todo el que se acerque a mi mansión” y arengas similares les iba diciendo. Extrañamente no les calmaron mis palabras dulces y protectoras y, en una sesión de lubricado de engranajes – si no la paso, me chirrían los codos- me arrancaron la pila de botón que genera toda mi energía y me lanzaron a un descampado cual chatarra automovilística.

Ahora ya no soy rey. Tampoco soy robot, no tengo energía. De mi anterior cuerpo, queda mi cerebro destilado y, ahora, desterrado de soporte. Sólo puedo decir: hijos de puta.

19 de agosto de 2008

Nubes de palabras (vía Microsiervos)

Curiosa aplicación esto del Wordle, aunque cualquiera diría que tengo un blog de cables...

12 de agosto de 2008

De cómo ser mejor persona (o robot)

Como hace días que estoy atrapado en una ola de calor constante que humedece ora mis pliegues corporales ora mis oquedades, me he planteado un cambio de vida radical cuyo objetivo no es sino el de la sublimación individual, claro está, siempre a costa del bienestar ajeno. Émulo de Gregorio Samsa voy a emprender una serie de vaivenes mentales, corporales y metafísicos que darán a mi agreste, lúgubre y atroz vida el toque de distinción que necesito a la voz de ya. Por estas y otras innumerables razones que mi corto intelecto y descomunal pereza me impiden mentar, me dispongo a convertirme en una forma de vida a caballo entre la robótica y los tejidos vivos, para progresivamente evolucionar hacia el camino verdadero, esto es, la inteligencia artificial.

El primer paso será el más sencillo: cambiar todo mi sistema circulatorio por cables de cobre, circuitos y demás componentes sintéticos. La sangre es un anacronismo biológico que sólo sirve para salir a borbotones, transportar virus, infecciones y demás bacterias malignas y aumentar la temperatura corporal. Las transmisiones electrónicas sustituirán paulatinamente mis avejentados biorritmos y, al mínimo rasguño, sólo relucirá mi cuprosa condición.

Luego, el trueque de órganos. Nada de pulmones, un buen ventilador que por delante saque aire frío y por detrás caliente, como los aparatos de aire acondicionado que intentan imitar, en cierto modo, el sistema digestivo humano: lo que sobra, por detrás. ¿Corazón? ¿Para qué? ¡Si ya no tengo sangre! En su lugar, una bomba de relojería por si algún día me apetece autodestruirme. A su lado instalaré una batería de litio ionizado (si es que existe el litio ionizado) con autocarga y reciclable. Riñones e hígado intercambiados por radiadores de última generación. Y conservaré el aparato genital, por lo que pudiera suceder, aunque con ciertos implantes que mejoren lo presente para, así, presentarme como el Palote Vil o el Férreo Mandinga. Serán unos buenos implantes. Sí, señor.

Proyecto de implante genital (© net-surfer)

¡Fuera ligamentos, codos, rodillas y tendones! Vengan a mí las bisagras, las tuercas y engranajes varios y, sobre todo, Tresenuno, que eso de chirriar no se lleva. ¿Los ojos? Con una cuchara y al son de plop, fuera de las cuencas. Instalo en su sitio detectores de movimiento, de luz, de calor y de mierdas de perro (amigos, no sabéis lo cerdos que son en mi barrio). Y para suplir la carencia de segregaciones endocrinas, optaré por inyecciones de anticongelante, un gota a gota de gasolina súper y depósitos de nitrógeno líquido. Las mezclas resultantes guiarán mi carácter.

Y ya sólo queda el cerebro y el gran dilema. ¿Qué hacer con él? Y os lo digo a media lobotomía, porqué me han asaltado las dudas. Es que me he arrancado el cerebelo y he empezado a bailar charleston y hablar en tagalo septentrional para alegría de la comunidad de vecinos que, harta de mi querencia por los decibelios, ahora contraatacan haciendo chanza de mi depauperada y robótica persona. ¿Qué hago? ¿Prosigo con la lobotomía y me incrusto un procesador Amstrad (que es el equivalente a mi cúmulo de neuronas)? ¿Inserto en cada hemisferio cables, tubos, pilas, transistores, conmutadores y una radio con el Carrusel de la SER para mezclar robot y persona? ¿O dejo la esponja viscosa en su sitio y procedo a la sutura craneal? Necesito vuestra ayuda.

5 de agosto de 2008

Qué calor

Con este calor no puedo ni escri

Foto microscópica de un poro sobaquil